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jueves, 23 de octubre de 2025

Alana S. Portero. XIV

No pretendo hambre de solemnidad, aspiro al
olvido y a los contornos borrados de mi silueta
no pronuncies mi nombre si no vas a comerte
mi corazón
   
piedra volcánica
   aleteo
de rosas marchitas sobre mis años
   vibración
de aguas estancadas que desbordan este cuerpo plegaria
  súplica
de entrañas mal dispuestas
  ficción
en todo lo que he ofrecido hasta ahora.
   
No pretendo el abrazo incondicional de las
masas, solo dejar de huir a lomos de una bestia
moribunda a punto de ser abatida por la tris-
teza
No pronuncies mi nombre si no vas a comerte
mi corazón
   
raíz arrancada
  caricia
de intangibles y pájaros fantasmales
  beso
de vacío, eco, ceguera y rama
  herida
de cuatro décadas de insomnio y sombra
  verdad
de quien pide tres deseos sobre su propio cadáver.
   
No me llevarán mis pasos hasta el campo de 
batalla, elijo la exposición del pecho above-
dado y los cabellos azules, el bautismo de la
nieve, flores en el pelo y laureles en la hoguera,
  dolor
de parto, metamorfosis y holocausto
  frío
de promesas escritas sobre restos de piel mudada
  esperanza
de soledad beatífica ante el espejo.
   
He dicho
que no pronuncies mi nombre.



De "La habitación de las ahogadas"

sábado, 28 de junio de 2025

Alana S. Portero. XXII

Si naces cuarto menguante
cose tus labios hasta la edad del roble,
confía en la seguridad de las paredes encaladas
y escucha con atención a las madres cantando
en la oscuridad de los zaguanes.
No abandones la casa,
pues jóvenes y hermosas las quiere el vigilante del
faro, jóvenes y hermosas, condenadas a trazar círculos alrededor del fuste como
una extensión perversa del oleaje,
las mantiene dando vueltas
como fuentes de viento y leche libia,
hasta que las uñas se les tiñen de lividez
y se visten de iridiscencia y ánima.
   
Si naces cuarto creciente,
aprende el lenguaje de las piedras
y no te muevas hasta que te lo pidan,
cierra los ojos a la música del flautista
como una rata sorda y sin corazón.
Olvida las ondas que agitan los espejos.
Duerme o calla.
   
Si naces media luna,
practica la mueca adecuada
que te permita con seguridad
la entrada del ágora,
contribuye al zumbido
y deja una distancia prudencial
entre los pámpanos y tu calavera.
   
Si sangras luna llena,
escóndete entre la hojarasca
e imita el canto de las lechuzas,
tiéndete boca arriba hasta que la escarcha
te enseñe el noble arte de la hipocresía.
No dejes que la mirada del matarife
te acaricie los hombros,
sus hermanos querrán ajustarte un velo si
se lo permites.
Cada noche dormirás sobre un cadalso.
   
Esta es la canción lunar de las viejas
y los patios interiores,
desde las alcobas de las reinas,
y las tumbas sin nombre de las trobairitz,
la canción que lleva arrastrándose por el
lodo de los siglos hasta el cabecero de tu
lecho.
La que cuenta que los monstruos
no se esconden dentro del armario,
que los peores
caminan con calma a plena vista
y siempre sonríen cuando te los cruzas.



De "La habitación de las ahogadas"


lunes, 9 de junio de 2025

Alana S. Portero. XII

Decías labios rojos en la mañana con voz de pajarillo,
decías que los ángeles no dejarían las esquinas de mi cama,
decías ardiente y las polillas murmuraban a mis espaldas,
decías adiós a los sacramentos de la edad adulta,
decías vida de perros sin pensar en los acantilados,
decías amor,
decías nada,
decías piernas de cazador mente de abeja reina,
decías víscera desolación,
decías eco.
   
De haberme arrodillado ante la inercia, hoy
sonreiría al sol con un nido de gusanos den-
tro de mi estómago, de haber escuchado a las
voces torcidas, no estaría esperando el otoño
con un ramo de camelias en la mano izquierda
y una daga en la derecha.
Deja que los tigres de la ira recorran las cade-
nas a voluntad y muerdan los eslabones cuan-
do encuentren un punto ciego, los ancianos
dicen labios negros con severidad, las niñas se
alejan del campo de batalla porque tienen mie-
do de los parásitos, encuentra tu vía de escape
y no mires atrás, hártate de leche materna y no
vuelvas a probarla, sé siempre una promesa de
belleza que se aleja.
  
Decías jamás,
decías mueca de dolor,
decías locura colectiva,
decías alucinación ante las llamas,
decías sufro,
decías ella,
decías claustrofobia grasa,
decías niebla como quien dice agua,
decías nombre cadáver,
decías nana.
   
Cuando los penitentes murmuren a mi paso les
miraré con beatitud, tendré pupilas cuadradas
de cabra y llevaré el cáliz de Lucrecia Borgia
entre las manos. No verán las llagas bajo la
seda, habré aprendido a controlar los tem-
blores, pareceré firme y alimaña como en una
coronación.
  
Decías perdón,
decías mal sueño,
decías culpa y vergüenza,
decías amo,
decías adiós.



De "La habitación de las ahogadas"


martes, 6 de mayo de 2025

Alana S. Portero. IV

En la esquina neutral de mi biología llego a la
mitad del camino de la vida pidiendo clemencia a
las hormonas, como quien eleva una plegaria a
una deidad sin rostro y sin nombre.
Desconozco la liturgia que he de practicar ante
el tocador, peor que la muerte es la expulsión
del paraíso que me muerde la pelvis, la idea de
tener los pies posados sobre pedregales para
siempre,
  
la idea de la hierba sometida al peso de la
carne.
   
Campanas en el viento, dan las dos de la ma-
drugada en el reloj que llevo incrustado en el
corazón, hora bruja y sin luna, hora en la que
los pájaros permanecen erguidos, con el plu-
maje hinchado, tratando de conservar el calor.
Hora de silencio en las habitaciones paternas
y respiraciones mancas en las habitaciones in-
fantiles. Llevo la tonsura de las almas perdidas
y visto camisón clínico, estoy en disposición de
inmolarme. Qué versículo nos ampara a quie-
nes transitamos las dos orillas, azufre y agua
clara, las canciones de nuestras abuelas han
sido borradas de las cortezas de los sicomoros
y no recordamos. Soy una forma comprome-
tida con las emanaciones de toda civilización
sepultada por la arena, soy la vibración del
crótalo desde la cima del zigurat, que atravie-
sa un shamal incesante durante 4 000 años,
hasta caer a los pies del predicador sureño y su
corte de luces estroboscópicas, soy la anciana
que pide al druida que le abra una sonrisa en
el cuello para apaciguar al dios cornudo. Soy
la imposibilidad de contar mi propia historia,
pestilencia tras los muros de Troya mucho
antes de que lleguen los aqueos, la delación
autoinmune de mi espíritu que acumula barro
y cieno para esculpir miembros amputados por
la norma.
  
Si la promesa del bosque no llega, si todo lo
que me espera es una vida de novicia y mutis-
mo, sea la máquina el horizonte, enseñadme la
rutina del vaciado y bautizadme con cromo y
rubidio. Preguntad mi nombre a la lluvia ácida
o buscadlo en los vertederos, grabádmelo en
lugar visible con un código de barras y una
marca a hierro, presentadme ante mis her-
manas, persentadme ante las descartadas, las
taradas, las inútiles, las monstruosas, las cons-
truidas con deshechos, designadme un rincón
discreto en el abrazo festivo de la superpobla-
ción y la miseria iluminada, un espacio para 
habitar callejones sucios en los que siempre
llueve.
   
Dejadme entrar.



De "La habitación de las ahogadas"