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lunes, 5 de enero de 2026

Sarah Holland-Batt. El turno de noche

Como colibrís a la faena
con inyecciones de néctar  
  
resuenan los zuecos blancos de las enfermeras
de sala en sala. Pitan
   
y chasquean los timbres como zordalas 
eléctricas. Mi madre se acerca
  
a David Attemborough al oído:
la voz de él se cuela por el receptor
  
de plástico. Un caimán flota
en el verdín del Pantanal,
   
de la piel de su ojo absorbe lágrimas 
una corona de mariposas. Cristales de sal
   
endulzan cada uno de sus aleteos.
Gotea su quimioterapia. La noche
   
cincha sus zarcillos alrededor
de parpadeos fluorescentes:
   
luz que nunca muere.
Mi madre entra y sale
   
de un sueño que nunca
se asienta, sino que sube y baja
   
y sube. Está muerta de cansancio. El ojo
del caimán se abre y se cierra,
   
membrana lisa que se adhiere 
al incesante lametazo de sal. No está claro
   
si percibe el alivio infinitesimal del peso que cesa
cuando cada mariposa alza el vuelo.



De "El jaguar"


martes, 2 de diciembre de 2025

Sarah Holland-Batt. Años luz

Los pájaros carpinteros se pasaron el verano
golpeando nuestra galería,
picoteando en el revestimiento de cedro
   
óvalos inconsolables.
Consiguieron que pasara el viento.
Con tanto golpe, la caseta se inclinó.
   
Mi padre se subió a una escalera,
puso una malla en los aleros. Como si tal cosa.
Nada los detenía.
   
Desde el alféizar del primer piso
veía yo la erupción volcánica 
de sus mejillas rojas, venga y venga.
  
Aprendí qué se siente en el empeño
de perforar hasta el centro de la tierra,
abrir un túnel hasta el Viejo Mundo.
  
Me pasé el verano enviando cartas
a un continente tan distante
que me hizo pensar en la física:
   
el Pacífico en toda su extensión, 
su testigo imposible 
como los años luz, una curvatura
   
que yo no podía medir.
Sabía que me hallaba a más distancia 
que el tiempo, que al volver a entrar
   
en mi hemisferio
habría cambiado,
alienada por todo ese polvo lunar.
   
Afuera, los pájaros seguían martilleando. 
Se extendía el destrozo.
Al llegar el otoño, cambió mi acento.
   
Se colaron vocales como montañas,
se me enroscaron los sustantivos en la boca.
Por fin, llamamos a un hombre
   
que puso trampas, colocó 
un halcón falso en el tejado.
El día en que llegó el halcón 
   
vi a los carpinteros revolotear aterrorizados
y desaparecer, con los nervios de punta.
Por entonces ya era invierno: se cernía la nieve,
   
y emigraron para siempre al sur. 
Me quedé esperando el cambio.
Por todos lados crecieron los huecos oscuros.



De "El jaguar"