calles exactas,
relojes cuadrados,
palabras como cuchillos limpios.
El tranvía de las 7:25
no conoce el perdón.
El tiempo no es río:
es cuadrícula.
Yo aprendí a caber
en cada casilla:
puntual, seria,
responsable.
Mientras tanto,
un pájaro pequeño
probaba su canto
dentro de mi jaula.
Escribía alemán con la boca apretada,
pero un día la lengua
se abrió como ventana:
escuché la radio sin traducir,
y supe que aquel idioma
podía ser también casa
y no solo muro.
También amé en alemán.
Él me enseñó palabras
que no salen en los libros.
esas que se dicen
con la respiración pegada al cuello.
Luego se fue
sin explicación.
Se rompió el amor
y, con él,
la lengua que lo nombraba.
Pero un día me miré al espejo
y pude decir sin temblar:
«Ich kann weitergehen».
Sobreviví
a un idioma roto.
Por esa grieta
entró otra luz.
De "Entre el viento y la luz"