nos sacaron de Kiev.
Olíamos las pieles cenizas que llevábamos al cuello
tan frías como en Wakhan sobre la paja del estercolero.
Dormíamos con neblina en la boca.
Comimos los pedazos de carne que flotaban en la sopa
alguien creyó que era excremento, y bebimos
un mal vodka para regar aquel pan negro.
Cada cual dormía donde se sentaba, una sola ventana
en todo el lugar, fuera de eso
la nieve como muselina se acumulaba allí
donde quedó apilado el pienso.
Todos creíamos conocer a alguien
todavía vivo que matara perros
para cocinarlos.
El nombre de ese amigo se deletreaba en sudor helado
hasta desangrarse, no se puede leer.
Éramos jóvenes,
los niños comían carnosidades
arrancadas de las piras.
Las madres envolvían en frazadas
a sus nenes muertos y los cargaban.
Así como nunca sabremos lo que significa,
sabremos lo que cuesta.
Nuestros íconos, nuestra cruz, las balalaikas
ardieron.
Edredones, vagones repletos de lonas embreadas
y cacharros y mortandad
los trenes humeaban entre la nieve
hacia el alba.
Nunca nos detuvimos en los pueblos.
En los montículos de nieve
los viejos hacían señas con sus manos azulosas:
Llévate tu idioma al sur.
Hay cuchillos en tus almohadas.
Los pájaros blancos resisten otro mes.
De "Juntemos las tribus"