Cómo duelen, Ulises, todas las nieblas, trenes
que poblaste en mi ausencia.
Ni Circe, ni Calipso, ni Nausica.
Ni siquiera Penélope.
Tienes tantos cabellos de las gradas,
tantas olas de versos en tu terca locura de amar contra el destierro,
que traes el arcoíris ciñéndote los ojos,
la frazada del mundo, el mar, amar, los vientos.
Y ahora invoco tu vida, tu viaje
de velas traslaticias,
tus palabras sembradas a la orilla del tiempo.
Yo no soy una ninfa
ni traigo mil guirnaldas con un sueño de espuma,
ni estoy aquí cantando
la balada del mar sobre tus pájaros,
ni voy a tejer nunca
ningún velo de horas o regreso.
Yo solo sé que vienes
como una larga guerra,
tan sucio y tan oasis,
una erosión de algas, calles, sierpes,
tan hermoso de andar, de llorar los caminos de tu Ítaca.
Y yo te reconozco,
tu ser espigaría
en la herida del mundo,
tu ser lluvioso y vivo
que me sigue doliendo desde todas las lunas
como un mar de veneno,
como un mar de aguijones en la nieve,
allí donde tu mar era amar sin mi nombre.
De "Paranoia en otoño"
En "He cantado en la noche. Poesía reunida"