raíces de mi cuerpo,
cavan hondos senderos
donde el deseo se hunde
tan lejos, tan profundo,
que ni el sol ni el frío tocan.
En mí floreces,
bajo el peso de tu sombra
como un viento que ara la piel
y deja surcos ardientes
donde el sudor es semilla
y mi aliento, el agua que brota.
No hay palabra para ese fuego,
solo la lengua salvaje de las aves,
que canta en mi pecho cuando llegas,
que grita entre los ríos
donde el miedo y la alegría
se abrazan con garras dulces.
Te devoro
como la tierra a la lluvia,
como la raíz a la luz que no ve.
Y en el barro de tu piel,
despierto a mi profunda furia,
a este deseo que florece
como una flor venenosa
en la he hendidura del jardín.
Escuchas cómo el mundo tiembla
cuando mis manos te alcanzan?
Es el rugir de los antiguos,
el susurro de lo que fuimos
antes de que el amor tuviera nombre,
antes de que el deseo supiera
cómo arder sin consumirse.
De "Volcán y cristales"