domingo, 18 de octubre de 2026

Sharon Olds. Cuando nuestra primogénita dormía

Mis pechos duros con leche. Pequeños rezumaderos 
goteando sobre los pañuelos de mi
marido doblados en las curvas frontales
del arnés de lactancia. Yo deambulaba por
el apartamento cuando su siesta duraba algo más
de lo habitual. Cuando estaba despierta, yo era
propósito, un acecho blando y
doméstico de bondad. Sólo cuando ella dormía 
yo era libre para pensar en lo que piensa
el cautivo. Quería ser alguien, no ser únicamente
la madre de alguien, ser alguien, ser una.
Sin embargo sé que el trabajo que hice con ella
era la razón de todo lo que era importante para mí;
ese corazón. Y aun así había una parte de mí 
ajena a ello, como expuesta en una montaña
por la maternidad. Y cuando ella dormía un poco más, 
yo olía la piel de la aceituna
en la ladera, oía el golpe azul 
de la nuez de eucalipto, probaba
el aliento de la loba en busca de
carne para enriquecer su leche, veía
el cedro doblarse bajo un mar
de viento. Mientras ella dormía, parecía que
mis tobillos perforados se iban soltando
y caminaba como un cazador entre el gozo y el horror
de lo que no está atado. Niña de una madre, 
madre de una niña. A veces me paseaba, escuchando, 
temiendo a medias que hubiera dejado de respirar, 
sabiendo que nada podía ser cualquier cosa, para mí,
al lado de los pequeños movimientos
al despertarse; luz y viento sobre la superficie del agua. 
Y tras ello, ese llanto suave, como un pájaro
pelágico que duerme en vuelo. Yo me daba
la vuelta, como girando sobre un talón mortero,
y me acercaba a su puerta. 



De "Una cosa secreta"