Me senté en el gras a esperar al sol. Él llegaría a la hora de costumbre. En aquella ocasión, yo me adelanté.
Los grillos callaron pronto y los pájaros iniciaron su rutina haciendo escándalo. Las calles se llenaron de carros y de gente, pero del divo no había ni rastro. Su impuntualidad empezó a irritarme.
A las doce apareció al fin, lleno de estúpido entusiasmo.
De "La vida es bella"