incólume, sin vecinos ni rastro de servidumbre;
no inclinas la cabeza como la mies en sazón,
solo sostienes la ligera bóveda del placer.
Sombra no despliegas sobre el cansado caminante
y a ningún animal ofreces cómodo descanso,
no das refugio a las aves que se aman,
te coronas a ti misma con severa diadema.
Bendito sea tu real encumbramiento,
tu ardor solidificado en melancólica reclusión!
Contra ti romperán los latidos de mi corazón
como la pasión de un mar lejano.
De "Viejos y nuevos poemas"