Amores. Vienen y van. Los descarto. El productor de teatro que roba, el ahogado demente, el trompetista con medallas y pistolas, el psicólogo traidor. La suma de todos ellos es inferior a cero. No hay nada que restar. Pero cada primavera el árbol del patio trasero recupera sus hojas y el ruiseñor regresa con la misma maldita canción en el pico.
Vuelven a llover latidos
entre operísticas sirenas de guerra
y las notas altas de las bombas que caen.
La lluvia lava los adoquines
de tinta, de sangre,
los lava hasta que solo queda ceniza
aferrada como barro a mi ataúd.
De "Ábaco de la pérdida. Memorias en verso"