grandes hojas donde roer sus alas
y se vino volando hasta mi casa.
Nos quería medir por las espuelas
y se quedó varado como un nudo.
Cuando vino la noche,
nos sorprendió su dardo silencioso,
nos replegó con agua quebradiza
y nos sopló su alma de langosta.
Convivimos con él a la deriva
en un frondoso bosque de vigilias.
Anduvimos con él
como un amigo que arrastra su codicia
y cortamos las ramas de la duda.
Por el alba caliente de las rosas,
las cadenas del mar nos despoblaron
con un viento seco de raíces.
No tuvimos más fuego que los ojos
para calmar la niebla de la herida
y los pájaros grandes del silencio
atravesaron venas como nubes.
Hasta que las estrellas conspiraron
desplegando sus cantos de misiles
y nos vimos doblados en cristales
con los dientes perplejos de caminos.
De "Del dolor y las alas"
En "He cantado en la noche. Poesía reunida"