En verdad os digo que si el
grano de trigo no cae en la
tierra y muere quedará sólo;
pero si muere, dará mucho fruto.
(San Juan, 12, 24)
Había que morir.
Había que morir una y mil veces
para sentir la alondra adormecida.
No hay más luz que el dolor
y bendigo la noche y las espadas
con la quietud serena de las horas
que traspasan los poros del otoño.
Aprended a llorar
cuando el viento taladre vuestros ojos
y Dios se os hunda como
el último cordel de la esperanza.
Sin ángeles. Sin agua. Solo el vientre
profundo del silencio
y la amistad sin manos, guarecida de lejos.
A la espalda del último latido
estaba la verdad,
la posesión radiante de las islas más dulces,
la dádiva copiosa, madurando
su germen triturado.
En dos alas flagrantes me contemplo
y a mis bodas asisto con el alba,
con los trinos intactos,
y pronuncio sonora
la crisálida viva
de mi resurrección.
De "Del dolor y las alas"
En "He cantado en la noche. Poesía reunida"